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A las 6 y pico

Ayal

Ayal

Quiero soñar que un caballo de alas azules me pasea entre las nubes cada noche , quiero soñar que el sonido de unos cascos que se acercan me acuna suavemente, quiero soñar que una crin larga y sedosa me acaricia la cara al acercarme , quiero soñar que vuelvo a verte y a tocarte . Quiero soñar que hay un cielo para caballos y corres por él .Quiero creer en la reencarnación y quiero reencarnarme en tí.

Celos

Hoy no me vas a robar lo único que tengo.
¡ Vete al diablo ¡
¿Porqué no nos has dejado ó te has muerto?
¿Quién te dio vela en este entierro?

Sabes cuanto yo te desprecio
¡ Lárgate ¡
¿Qué haces compartiendo nuestras vidas,
robándonos nuestros alimentos?

Maldito sea el día que lloré.
En mi rincón de siempre te esperaré
muerto de remordimientos y de celos
sin romper mi eterno silencio.

Mi amor está en la mar

Mi amor está en la mar

MI AMOR ESTÁ EN LA MAR

Quisiera coger las olas
cargadas de caracolas
y en la playa descargar,
y que las ninfas dormidas
de seda y oro vestidas
yo pudiera despertar.

Cuando estuvieran despiertas,
de vigilante en las puertas
al regresar a la mar,
haría de centinela
hasta encontrar la manera
de mi amor poder hallar.

No es de la tierra mi amor,
descubro con gran temor,
porque el corazón sentencia
que si lo fuera tendría
menos fuerza y fantasía
presumiendo su presencia.

Pero yo sigo buscando
y por la mar navegando
empujado por el viento,
sin saber si encontraré
la ninfa que a mí me dé
el amor que yo presiento.

Siguen pasando las horas
y yo mirando las olas
me atormento, hasta pensar,
si es que ya me he vuelto loco
o la mujer que yo invoco
busca refugio en la mar.
Goreño

Sin ti

Sin ti

Ayer, mientras la última luna
desplegaba pergaminos,
rendí culto a tus brazos
durante toda la noche.

Ayer, rodaron besos
alrededor de las columnas
que bordeaban camas redondas
y escuché a Serrat
desde un taburete cacereño.

Anoche, fue el otoño
que no recuerdo,
que no recuerdo sin ti,
porque anduviste en el pasado
y en el presente no vienes.

Asique, recogí tu aroma
y lo respiré
dejando al aire sin pulmones
durante toda la vigilia.

Anoche, soñé despierta
que las letras se borraban
y que jamás, volvería la serenidad
que me aportaba tu presencia.

Esta mañana
la despedida que tarde o temprano llegaría
nos ha dado la mano,
intentando soltar las nuestras
Por eso, anoche
no quise soltarte,
no quise dormir,
tampoco despertarte.

Anoche supe que no sería
una noche cualquiera,
supe que tu cama
ya no se acuerda de mí,
porque sus sábanas se impregnaron
de otras esencias
y supe
que la luz que nos iluminaba
optó por inmolarse
por no poder soportarlo.

Sabes que te quise bien.

Anoche me di cuenta
que la eternidad existe
y esta mañana me derrumbé ante el espejo
suplicando;
no te vayas nunca.

Pero se aproxima la hora
de desandar el camino que cruzamos.

ESSILIO PARA UNA PALABRA

ESSILIO PARA UNA PALABRA

ESSILIO PARA UNA PALABRA

Una vez (aquel lunes, ¡cómo lo recuerdo!) amanecí con un propósito junto a mi almohada: organizar mi vida. Para ello era necesario empezar por una exhaustiva limpieza de todos sus enseres.

Regué mi planta, ese raquítico brote de garbanzo que a veces me daba por sembrar. Agradecido, dio un estirón y se inclinó como en una reverencia, sin poder aguantar su peso. Después peiné a Gato que, puesto ya en refinamientos, me pidió un baño. Buceó dentro de la tina salpicándolo todo, pero a mí no me importaba la mojadura. Al salir, le puse su albornoz y se sentó a oler un rayo de sol que se colaba por la ventana. Siguiendo mi tarea, me armé con un plumero: el teclado del piano estaba hecho una pena. Nota a nota, lo limpié, y yo sola me reía: vino a mi mente el recuerdo de aquella vez en que desaparecieron las teclas negras y tuve que tocar en do mayor. Sólo había sido una broma, menos mal; al cabo de un rato otra vez estaban allí, pero yo me asusté un poco.

Después le tocó el turno a mi estantería. Delicadamente fui acariciando los libros, uno a uno, con el plumero hasta que de pronto me pareció oír el sonido de algo que se estrellaba contra el pavimento; debía de ser algo muy pequeño, pensé. Y en efecto, era un palabra que se había caído del diccionario. Estaba allí desplomada, desvalida como un pájaro fuera de su nido. Con mucho cuidado la tomé entre mis dedos y, como pude, abrí el diccionario por la “ese” para ponerla en su sitio. Vi su espacio vacío entre otros dos vocablos y quise colocarla allí, pero el espacio se cerró repentinamente como la cueva de Aladino y no pude, así que la guardé en mi caja de palabras. Pero al poco tiempo mala sorpresa hube de encontrar: las demás palabras habían armado un tremendo alboroto hasta que la expulsaron. Por lo visto, su etimología no estaba muy clara, decían: que ni del latín, ni del árabe, ni tan siquiera del sánscrito. Xenofobia, eso es lo que era. Tenía gracia, ¡con la de barbarismos que vivían en esa caja!, yo misma los había guardado, no iba a
matarlos.

Bueno, pues tendría que buscarle otro aposento. No tuve más remedio
que sacar de su cajita de cristal la lágrima de oro que una vez lloró mi bailarina de porcelana cuando, al limpiarla, le disloqué un tobillo, ¡qué brusca soy! Como era pequeña (sólo cinco letras la formaban), allí la acomodé y parecía encontrarse a gusto.

Pero un día, a mi palabra se le murió una de sus cinco letras; ya
sólo le quedaban cuatro. Yo no sabía lo que pasaba, así que escribí un signo de interrogación y lo coloqué a su lado; ella me respondió perdiendo otra letra. Estaba claro, se sentía sola. Le rogué al número siete, con el que mantenía yo buenas relaciones, que la acompañara en su exilio, y así lo intentó, pero de todos es sabido lo mal que casan verbo y guarismo: el siete abandonó la cajita cariacontecido y volvió a su multiplicación, que, por cierto, había dejado descabalada.

Tres letras le quedaban, tres, pero en un suspiro que se me escapó, otra echó a volar. Decidí no volver a suspirar ni a abrir la cajita para evitar nuevas desgracias, pero entonces, de las dos que quedaban, una, que sufría claustrofobia, se suicidó. Apareció muerta aquella resplandeciente mañana de mayo, ¡qué pena! Y para colmo, Gato se la comió; debía de ser una "o", porque los ojos se le pusieron de pronto muy redondos.

Así pues, sólo quedaba ya la inicial de la estinta palabra: una solitaria "ese" que a veces me despertaba por las noches con su silbido. Yo no sabía qué quería. La puse junto al radiador por si se quejaba de frío, pero no, no era eso. Entonces la puse en libertad para que ella misma escogiera su modo de vida, pero convulsionaba, se revolvía deformando sus curvas, adoptando incluso la estirada forma de una "i".

A todo esto, el brote de mi garbanzo acababa de secarse y pensé que debía reemplazarlo, pero no me quedaban más en la bolsa porque había hecho un cocido. Bueno, desesperada, se me ocurrió sembrar la ese. Al cabo de unos días germinó, y al cabo de otros días, era una preciosa planta que dio en crecer y crecer. Yo la abonaba con los trozos de letras que me sobraban de escribir cuentos, y ella parecía agradecerlo. En breve, empezaron a aparecer minúsculos pámpanos que, cuando tomaron su forma definitiva, eran perfectas “eses”. Claro, si siembras guisantes, te salen guisantes. Si siembras escarabajos, quizá no salga nada, pero si siembras letras, te salen letras.

Sibilantes, serenas y sumisas “eses” surgieron suspendiéndose sinuosas de sus saludables sarmientos.

La mata, con mucho orgullo por sus vástagos, me dejaba que se las arrancara. Según las desprendía brotaban otras nuevas. Les regalé muchas a mis amigos: siempre son necesarias, la gente es muy aficionada a los plurales, nunca están de más. Adorné mi casa con las más perfectas. El singular desapareció de mi léssico, y a Gato le hice un collar. Otras vuelan libres; vivo en un continuo silbido, pero ya me he habituado.

El otro día, nació una realmente bonita. Se la llevé a mi amigo el orfebre y la bañó en oro. Ahora se ha convertido en un adorno para mi pelo. La tengo siempre puesta. Yo ya no oigo nada, será la costumbre, pero disen que cuando me aserco a alguien, la oyen silbar.

TEQUILA

Entre palabras

Entre palabras

Psicodelia en verde

Psicodelia en verde

Domingo del mes de mayo. Mayo tiene cuatro domingos, o cinco. Hay mucha luz, los árboles se cubren de hojas, todo es verde, álamos y sauces. Y yo estoy aquí, solo, en un bar de paredes pintadas de verde. El envase de la cerveza que me estoy tomando también es verde. Al fondo del bar, no llega la luz del Sol. Los focos que iluminan este fondo simulan estrellas artificiales que desde un cielo de yeso brillan de forma antinatural. Hay allí dos peceras; los peces se mueven de forma rítmica, cíclica. Las falsas algas y plantas marinas que decoran el fondo de la pecera son también verdes. No hay nadie dentro del bar, aparte del camarero. Todos ocupan las sillas y mesas del exterior. Sillas y mesas de plástico verde, con sombrillas verdes, ocupadas por personajes variopintos, pintorescos, que hablan de todo a la vez y al mismo tiempo. Señoras con vestidos verdes se camuflan camaleónicamente en el entorno, mientras se toman sin ganas, más bien por tomarse algo, oscuros cafés con hielo. Yo me bebo una cerveza, que a pesar de estar contenida en una botella verde, es amarilla. Tarareo mentalmente una canción de Sinêad O´connor. Me gusta Sinêad O´connor. Se desnuda en cada canción y yo admiro a una persona que es capaz de subirse a un escenario y desnudarse delante de todo el público mordaz, puritano e hipócrita. Tengo dos cintas de Sinêad O´connor, desgastadas de tanto escucharlas. He leído en un periódico que después del suceso de la foto del Papa, una asociación de admiradores católicos de la cantante en Nueva York, pagaba diez dólares a todo el que trajera sus cintas, discos y videos para ser destruidos. Y yo en este momento quiero ir a Nueva York, para entregar mis dos cintas viejas y con el dinero recibido comprarme cuatro nuevas. Pero estoy muy lejos de Nueva York. He recorrido a pie los tres kilómetros que separan el pueblo de mis abuelos de esta pequeña localidad con categoría de ciudad. Porque aquí paran los trenes y en el pueblo de mis abuelos ya no. En el pueblo de mis abuelos; dejaron de parar los trenes porque los fantasmas no pagan billete. Pero no me importa recorrer estos tres kilómetros por carretera a pie. La carretera serpentea entre el declive del monte cubierto de robles verdes y el rio, entre una vega de verdes praderas y altos álamos. Hacia el norte, desde esa carretera están las primeras estribaciones de la cordillera, montañas más altas que el entorno. A cuyas cimas no llegan los árboles verdes. Y cuando las miro desde aquí, sé que detrás está el mar. Por eso no me gusta regresar a la ciudad donde vivo, porque hay que ir hacia el sur, hacia la llanura desértica que se aleja del mar y de las montañas.
Pero ahora son las siete de la tarde, dentro de un bar de paredes pintadas de verde. Fuera todo es verde. Para hacer tiempo he cruzado esta pequeña ciudad que ocupa el fondo de un valle rodeado de las montañas y de los bosques de robles de hojas verdes. El bar es el último refugio, bajo un grupo de pisos. El valle se cierra a partir de aquí entre una alameda sobre el rio y un muro de piedras grises por donde, en su parte superior, está la via del ferrocarril. Aun mas arriba, está una montaña de roca caliza.
Estoy solo, tomándome una cerveza amarilla. Al lado de la puerta hay un gran ventanal por el que, a través de su cristal nítido, se ve más árboles verdes y por encima en perspectiva, dos montañas redondas, senoidales, que me recuerdan a tus pechos. No quiero coger el tren de las nueve y media, no quiero volver a mi ciudad. Quiero seguir el camino del Sol y marchar al oeste. Porque sé que el Sol muestra el camino hacia ti. El camino del mar. Porque todo el paisaje familiar a ti, es muy especial para mí. Fuera del bar, cerrando el valle por el norte, destaca la montaña blanca y solitaria sobre el paisaje. He subido hasta la cumbre de esa montaña, pero un enjambre de hormigas aladas no me dejaron disfrutar del panorama desde la cumbre. Arriba había un libro con nombres y notas. Tus cartas son nombres y notas. Letras que ordena tu mente escritas en folios blancos, con tus delgadas y alargadas manos, que tienen el poder de alegrarme un mes entero o de hacer que me derrumbe dos, sobre todo si tardan en llegar con ese olor a mar impregnado, conforme veo como te vas alejando llevada por las corrientes de otros mares oscuros e inciertos. Empeñados en mantener un amor de cuatrocientos kilómetros a una edad en la que esa distancia puede cubrir el Sahara entero.
Ya se acerca la hora del tren. Desde aquí hasta la estación de azulejos amarillos, con su vestíbulo de paredes cubiertas de mosaico verde y suelo de terrazo también verde. Al final del andén, aparcada en una via muerta, hay una vieja máquina de maniobras, verde, con franjas amarillas. Olvidada. Innecesaria. Las noches de invierno, esperando al tren, abro la puerta, me subo. Doy rienda suelta a la imaginación, ahora soy un maquinista y la pongo en marcha. Voy por este camino de encrucijados rieles plateados que brillan fríamente hasta la estación de tu ciudad, aun cuando el límite de mi vehículo no supere los 60 Km/h para alargar la emoción que me produce volver a verte.
Prefiero soñar, la realidad no me gusta. Se puede amar e imaginar que se ama. Cuando se ignora otras carencias. Pero, ¿por qué romper el muro de contención de un inmenso embalse? La catástrofe puede ser irreparable.
Estoy solo en un bar verde. Fuera también es todo es verde. El vaso se ha quedado vacío, yo también. Las sillas y mesas de fuera también se han quedado vacías. Ahora está lleno dentro, a mi alrededor, lleno de palabras, de humo y de personas extrañas.
¡OH!, venga y hagamos planes, para el verano que nunca llegará ahora que estamos en el umbral.
¿Dónde estarás ahora? ¿Qué harás? ¿En compañía de quién miraras las oscuras aguas del mar de noche? Asomada al muro del puerto. Las luces de la costa de enfrente. La brisa marina y el murmullo tranquilizador de las olas.
La hora de irme se acerca, pero prefiero quedarme aquí en este bar, antes que irme al sur en un tren. Fuera ya no se ve todo verde, ahora todo es negro y misterioso. Tarareo una canción de Sinêad O´connor. Irlanda aun queda más al norte.

Camino del abismo

Camino del abismo

Lápices de colores sobre papel.
(Boceto para mural)

Mi mano derecha

Mi mano derecha

No sé si algún poeta muerto,
un ser autodestructivo
o una persona de destiempos,
pero no soy yo quien escribe
sino mi mano derecha.

Me transporto a un mundo lejano
como hoja seca, tan sencillo
como atravesar el marco de una ventana,
buscándome entre palabras desconocidas
y farolas de otros versos.

Mis pasos transitan por los lugares
que ilustran las enciclopedias
y se paran a mirar desde el lugar
donde lo hicieron los poetas.

No sé si escribo versos,
solo intento dar forma a lo que siento
y sentido a lo que no comprendo,
es mi manera de decirte lo que veo.

Breve como un suspiro

Seré breve.
Breve como la duración de un suspiro.
Breve como un simple si,
como la vida de una mariposa
y una pompa de jabón
Breve que no breva de la higuera.
Y ya estoy tardando en acabar
acabose este Brevedad

****

"Siempre serás el hijo a quien más he querido " , susurró en un
suspiro inaudible la madre mientras con un brazo intentaba
abrazar al joven, rodeándole el cuello, y con el otro, empuñando
un cuchillo, se lo clavaba en un costado.

****

Un Euro por tus pensamientos.
Barato porfiáis, galán. ¿Que haríais con ellos?
Te tendría siempre a mi lado. Incluidos los silencios

****

No importaba que hubiese estado llorando, se mostrase triste, melancólica, ó enfadada.
Siempre que sonaba el teléfono y lo descolgaba, ella sonreía.
- ¿Porqué sonríes siempre cuando respondes a una llamada? -Le preguntaron- Nadie puede verte al otro lado.
- Es cierto - contestó- Pero la persona que llame puede escuchar mi sonrisa a través de la voz de mis palabras.

****

Usó un tono de voz demasiado fuerte para decirle :
"Métete en tus propios asuntos"
Al principio le costó entenderlo.
Pero no era un menosprecio ni un insulto.
Era un consejo que le daba un amigo.
Hacía tiempo que, como abogado que era, se dedicaba a meterse en la vida de los demás y tenía abandonada la suya propia.

Siempre que oimos esta frase, la asociamos a "déjame en paz, yo se arreglar sólo mis problemas, no necesito tu ayuda", a enfados y a ira con rabia, una frase de rechazo.
Sin embargo, también puede hacer alusión a un consejo amistoso y cordial de una persona a otra, o incluso de una persona a si mismo, para que se ocupe de "su propia vida" que tal vez tenga abandonada por diversas cuestiones, de lo que realmente es importante en la vida.
Todo depende.
divagar y especular puede llevar a errores

****

El padre tumbado sobre un banco del parque de recreo infantil del barrio, con un chupete en la boca.
La madre sentada en el banco a su lado, recogiendo en su regazo la cabeza del padre y mesándole los cabellos.
El niño sentado sobre la arena y la hierba y se levanta, mira a su padre, le ve el chupete en la boca y se acerca a quitárselo.
El padre, que jugando, retira la cara fuera del alcance del niño y el niño pelliza su cara, pellizca los pelos de la barba.
La madre que sonríe divertida y le da una cachetada inocente al padre e intenta quitarle el chupete de la boca.
El niño que aplaude divertido.
¿Como se titula la escena, ya que no película?
...
... Un Mundo Feliz.

****

Tres botellas de vino en el salón, encima de la mesa de cristal.
Un solitario vaso ante el televisor.
¡Que triste¡
Y mañana tendrá resaca.

****

Tienes un e-mail.
Su lista de contactos,la libreta de direcciones de su correo electrónico está lleno de alias que encerraban el nombre de una mujer -Si decir lleno significa cuatro-
Cuatro romances a un mismo tiempo.
Se equivocó. Cometió el peor de los errores al darle al botón equivocado, y el mensaje dirigido a tan sólo una de sus cuatro amantes virtuales, partió inmisericorde y traidor, hacia cuatro buzones, de cuatro mujeres diferentes, y en la cabecera de cada uno, ¡ Dios ¡ , aparece la dirección de correo de los otros tres.
Ahora reza para que no se pongan entre ellas en contacto.¡Que catástrofe ¡
Tres de ellas ya saben que le manda cartas de amor a otra mujer.
Volverá a escribirles, les dirá que fue un error, se inventará una excusa, por ejemplo ... que su hermano usó el correo para gastarle una broma.

El clasicismo de la monogamia le va a ser impuesto.

****

Llevaba un ramo de flores en las manos.
Se acercó rodeado de un silencio místico y le susurró al oido:
"Amorcito, mi vida sin ti no tendría ningún sentido.
Gracias por formar parte de ella cada día.
Te quiero.
No puedo imaginarme el mundo sin tu presencia, tus caricias ó tus besos.
Si un día me faltaras, moriría contigo.
Cuando no estés a mi lado, ni en mis recuerdos, sabré que habré muerto.
No me iré sin ti.
Volveré a verte mañana a la misma hora"

Depositó los gladiolos sobre la sepultura.

****

Algo más psicodélico: El abismo

Algo más psicodélico: El abismo

Éste fue mi segundo texto, cuando lo escribí no existía internet, y simplemente estaba guardado entre mis diarios para ser leído sólo por mí. Por eso se puede interpretar de distintas maneras. (Para los antiguos de atra, prometo que el próximo es inédito!)

EL ABISMO

Hubo alguien a quién admiré más de lo que puedo expresar. Conocía todos los misterios de la vida, y me los revelaba con absoluta sencillez.
Para ella, todo era claro y simple: la vida, la muerte, el amor, el odio; todo era blanco o negro, bueno o malo, sin lugar para medias tintas.
Tenía los ojos brillantes y profundos como una noche estrellada, y palpitaba en ellos la intensidad de la vida. Era suave como la brisa y fuerte como la roca, tierna como un ángel y brava como un león. Pendía de su cuello blanco el símbolo de la cruz, y ardía en su corazón el fervor de los antiguos cristianos en sus ritos prohibidos.
Hablaba sólo con la verdad, y callaba lo que no debía decirse.
Podía sentir el brillo de un campo soleado, la intensidad de un atardecer en el mar, la paz de un templo en penumbras. Amaba su vocación, la deslumbraba su tierra, lo daba todo por un amigo.
A nada le temía, porque, me decía, nada hay que temer si uno se sabe justo.
Pecaba a veces de utópica en sus ideales, jamás se detenía a pensar si eran realizables, porque nada parecía imposible para su espíritu desbordante de ímpetu y juventud.
Y es que, quizás, todo lo habría logrado, si sólo hubiera vivido un instante más.
Una noche sin luna, vagaba por lo alto de una colina, meditando, como solía hacerlo, en el sentido trascendente de las cosas, cuando, de pronto, algo crujió bajo sus pies. La tierra empezó a abrirse, y pude verla luchar por su vida mientras se hundía rápidamente.
Desconcertada por lo que veía, me llevó un tiempo reaccionar y abalanzarme hacia ella.
Llegué en el momento exacto en el que la tierra abierta la succionaba hacia un pozo sin fondo. Aplastada contra el piso, extendí cada músculo de mis brazos y llegué a tocar su mano; durante unos segundos, nuestros dedos se entrelazaron, y yo miré dentro de sus ojos sabios en busca de una idea, de algo que me permitiera salvarla. Pero era demasiado tarde: pude ver su rostro contraerse de dolor, pude ver sus uñas destrozarse en un feroz intento por clavarse en la tierra. Recurrí a todas mis fuerzas, pero no logré sostenerla, y tuve que ver cómo se desbarrancaba inexorablemente hacia la negrura más absoluta.
La tierra se cerró rápidamente sobre ella, y yo me quedé tendida en el suelo, incrédula: aquello no podía haber pasado, simplemente, no podía ser real.
Me incorporé como pude y miré a mi alrededor: todo estaba igual, nada había cambiado; la gente seguía peleando y riendo en sus propios mundos, totalmente indiferentes al horror que me envolvía.
Mientras me alejaba del lugar, con la mirada perdida y el pecho oprimido, se apoderó de mi mente la más profunda sensación de irrealidad: eso tenía que ser un sueño; pronto me iba a despertar y ella iba a estar allí, con su eterna sonrisa y sus ojos brillantes, tendiéndome su mano hacia la tierra de los sueños y la vida, como siempre lo había hecho.
Quería despertarme, empecé a correr, pero todo se tornaba cada vez más oscuro, hasta que ya no pude ver ni mis propias manos extendidas; oscuridad total. Me paré en seco, demasiado aterrada para seguir corriendo.
Lentamente, la negrura se tornó en una penumbra gris. No lejos de mí, casi rozándome, otros humanos caminaban en parejas o en pequeños grupos, conversando con naturalidad, incluso alegremente.
Desesperada, me abalancé hacia ellos: "¡La tierra se tragó a mi amiga!", les grité; esperaba que me ayudaran, aunque no me hubiera sorprendido demasiado que no me creyeran, o hasta que se rieran. Pero no hicieron nada de eso, ni ninguna otra cosa. Se limitaron a ignorarme miserablemente, sin siquiera mirarme o detenerse.
Estaba a punto de indignarme, pero, antes de lograrlo, una sensación me atravesó como un viento polar, paralizando mi corazón y helando la sangre en mis venas.
Invadida por el horror más infinito, finalmente lo comprendí: no me estaban ignorando, ellos no podían verme ni oírme. Y no podían porque, apenas unos minutos antes, yo me había desbarrancado inexorablemente hacia el fondo de un abismo.
Y aquí estoy, casi veinte años después, vagando por el mundo como alma en pena, intentando encontrar a alguien que pueda verme y, tal vez, ayudarme a rescatar a mi espíritu de su tumba congelada.

A Luis G. Montero.

A Luis G. Montero.

Mirada de labios perfilados
casualidad o destino,
dímelo tú, que te dicen poeta.
Pálida piel de perfumes secretos.

Acuérdate, el viento danzará
al compás desmedido de los versos,
rompiendo el universo sonoro
de nuestras conversaciones.

Tú, ya quedas en la historia.
Yo inicio la mía.

Una vez, alguien calmó el vacío de la ignorancia
con suaves sonetos que ponen voz al silencio,
y allí, en la biblioteca del cortijo,
entre cientos de portadas,
mi dedo señaló tu obra
y se abrió por siempre en la memoria
la certeza de saber
que transitamos las mismas ilustraciones.

Intento mirarte a la cara
y te pregunto;

¿Cómo te sentiré yo?

Y en la lejanía, un susurro;
Aun es pronto para saberlo todo.

Apaciguados sonámbulos diurnos

Me adentro en las penumbras
sin ni siquiera saber si soy humana...

Los soles van diluyéndose
entre las suelas de los transeuntes,
algunos caminan invisibles
bajo chubasqueros de asfalto,
escondiendo las pupilas entre los adoquines.
Otros arrastran lunas y muchos...
Muchos solo pesadillas.

Los atardeceres no esperan,
ni los últimos días pasan para todos.

Mientras, camino conmigo y con mi soledad
hacia no se dónde.

Me asomo a la ventana de los escondidos
camuflándome entre ellos
para saber que al menos existo.

Me escondo en madrigueras de barro
caliente, donde el tiempo se acelera
en contra de mis pulsaciones
y de la esfera del mundo.

Pienso en mi funeral
y en tomar sepultura
donde marchitan las rosas
de los últimos suicidas.

Y escribo versos, para vaciar en las palabras
la tristeza, y así creer
que no vierten sus cenizas en nosotros.

Pero ya no sé qué sueños me pertenecen.
Es el aire impuro quien surca tumbas en la arena...

(Anónim@)

¿Qué esperas de la gente?

Esperas comprensión, esperas que te respondan.
Se supone que el gesto desprendido es aquél del que no se espera nada a cambio. Una persona hace las cosas, y las intenta hacer bien, intentas ayudar a la gente, que las personas estén a gusto contigo, que las personas sean más felices por tener un "trocito de ti".

Una persona a la que aprecio extrañamente, me dijo una vez que cuando alguien le importaba, éste hacía por cambiar mínimamente su mundo, y que a su vez esperaba que ese alguien se lo cambiara a él. Suena bien, ¿no? "CAMBIAR MI MUNDO".
Tal vez yo también tenga la pretensión de cambiar "los mundos de los demás" en cierto modo. Me gusta pensar que alguien se enriquece con mi compañía, que puedo ayudar a las personas a que se encuentren mejor cuando están bajas de moral, a que no se sientan solas, alegrarlas con palabras ingeniosas, tal vez icluso a cumplir un sueño, ¿por qué no? A veces es tan secillo como prestar algo que tú tienes y el prójimo no... O tan secillo como un regalo o detalle sin importancia, al menos sin importancia aparente.
¿Pero todos esos gestos son verdaderamente altruistas?
Sinceramente, no lo son, porque al final lo que todos buscamos es estar a gusto con nosotros mismos (eso lo primero), a parte de que aunque sea inconscientemente, siempre esperamos una respuesta, a veces no podemos evitar esperar de la gente que esté dispuesta a darnos algo en la misma medida que nosotros lo estaríamos dispuestos por ellos (cuanto menos que lo dé por otra persona de manera que se cumpla una cadena de "bondades", o como en la película "Cadena de favores").
En realidad no quieres que te agradezcan nada, porque cuando das, das porque quieres dar. Pero a veces, parece tan evidente que te van a agradecer algo, que cuando el agradecimiento no llega sin querer lo echas en falta.
Lo que menos pretendo ahora es parecerme a Cube Ice (con todos los respetos).
¿Qué esperamos?
En realidad no tanto, sólo una respuesta, un me ha gustado ésto, gracias por lo otro, un darse cuenta de las cosas (el no darse cuenta equivale muchas veces a falta de interés), un poco de atención, otro poco de respeto (que no te dejen con la palabra en la boca), un poco de sinceridad, aprecio (ese aprecio se demuestra con actos, no con palabras).
Esperas no tener que recurrir a gritos en el silencio como estos.
¿Es tanto esperar?

Anónimo.
P.D: ¿Por qué borraron la sección de textos anónimos?

EL ARTE EN LAS NUBES

EL ARTE EN LAS NUBES

EL ARTE EN LAS NUBES

Me asombra ver en el cielo
con fondo de terciopelo
un mosaico de pinturas,
y cubiertas con un velo
aparecen mil figuras.

Hoy puedo ver en los cirros
las fauces de un gran león,
y asomado en un balcón,
con entorchados de oro,
al mismo Napoleón.

Como vellones de fuego
encendidos por el sol,
se trasladan en un juego
sin reposo ni sosiego
movidos por el calor.

De la nada surge un templo
y otra torre se derrumba,
surge un muerto de la tumba,
y montado en un podenco
un esqueleto se oculta.

Más figuras aparecen
que por cambiarse compiten,
pero nunca se repiten,
ni tampoco reaparecen
porque el viento las derrite.

En un momento, sin norma,
con el ocaso y el viento,
las líneas que dan la forma,
hasta un santo se transforma
en murciélago sediento.

Y cuando el sol ya se apaga
las figuras se oscurecen,
se alejan o se deshacen,
porque la clase se acaba
y el pintor, desaparece.

Cayetano Bretones

Vendrás a rogarme,
a rendir tus súplicas
a mis eternas arrogancias,
volveras
a rendir tus palmas
a mis consecuencias.

¿Eres acaso el torbellino
que bloquea la monotonía?

¿Eres pues,
consonancia de la historia?

Ruegame pues, que me quede
a envejecer cada noche contigo.
O márchate,
a torcer giros desbocados,
donde los momentos impares
queden huecos
en la vigilia del lugar
que no te encuentro.

Rebeliones, elevaciones, y demás pataletas

Hay un tipo sentado en una silla arriba del estrado, vestido con una toga negra. Lleva una especie de maza en la mano y con ella hace clonc clonc clonc en un gong y dice orden en la sala silencio en la sala orden orden y ordena y juzga y a este le llaman el juez, así le dicen.
Y hay otro, o puede que sean varios, que está o están arriba de una plataforma más baja que el estrado pero como que sale de un costado de éste. Y dice o dicen: yo lo hice bueno decidimos que yo lo haría que nosotros él lo haríamos haría, porque, y en esto estábamos todos de acuerdo o creo que lo estábamos, es decir, sí, estábamos de acuerdo o yo al menos estaba de acuerdo conmigo mismo en que la acción beneficiaría a mi a nuestra patria, y más específicamente nos beneficiaría a mí me beneficiaría a nosotros, y menos específicamente a toda la humanidad. Y a éste que decía esto, le llaman el acusado. Les llaman los acusados.
Otro tipo, después de oír el anterior parlamento unicameral o pluricameral se dirige al que ya hemos determinado que es el juez o al menos así le llaman, y dice, con voz de barítono: el acusado se niega a contestar a mi pregunta. Permítame su señoría que la repita. Y, dirigiéndose al acusado – a los acusados – agrega, ¿es usted son ustedes plural o singulares? Según dicen, éste que ha intervenido es el fiscal.
Y un individuo al que le dicen el abogado defensor entona con voz de tenor: protesto señoría protesto.
Y el juez, mezzosoprano, responde: denegada denegada y hace clonc clonc clonc dando con la maza en el gong gong gong y ordena silencio orden en la sala silencio porque un gorila, muy nervioso, ha tirado una silla, pero aún no había mencionado al gorila.
Resulta que hay un cura, dos astronautas, un unicornio tullido, un minotauro sin tullir, trece monjas de clausura, un grupo de feministas, un gorila y una mujer que llora y dice pobre... pobres... y solloza y se suena en un pañuelo. Y a todos estos les llaman el público.
Y las feministas dicen que la plañidera debería ser varón y que el juez debería ser jueza. Un grupúsculo dentro del grupo defiende que las monjas deberían ser mujeres con carreras brillantes en los campos de las altas finanzas, la investigación científica y/o la erudición de cualquier tipo, que el cura debería ser una sacerdotisa de la diosa, que son “las astronautas” y no “los astronautas” y que el unicornio debería recibir una pensión del estado. Se propone la moción. Se vota, se rechaza. Otro grupúsculo opina que al elemento juzgador le conviene ser un elemento femenino dado su tono de voz. Se propone como tema de debate. Se acepta. Se debate.
Nadie dice nada del gorila y el minotauro. Uno sigue tirando sillas y el otro brama y brama desesperadamente, pero todos les ignoran. Nada, ni puñetero caso les hacen, y ya se cansa el gorila de tirar sillas y el minotauro de bramar y salen los dos de la sala para fumar unos cigarrillos, aunque por el olor deben ser porros. Por fin hay un grupúsculo dentro del grupo – el grupo es cada vez más y más grande y pronto serán millones, el grupúsculo, aunque crezca, seguirá siendo pequeñito – que se acuerda de ellos: que inviten que inviten, exigen.
Pero hay cosas más importantes de las que el colectivo feminista, que ahora es también ecologista y masón y jesuita, debe ocuparse. Sin más demora, se elige el comité ejecutivo. Se opta por la vía política. La asociación se inscribe como partido político. El partido llega al poder y el gobierno nombra jueza a una militante. Y el gobierno pone a una militante de fiscal. Y son la misma persona.

Ahora es a mí a quién llaman acusado. Que por qué escribo cuentos confusos, indeterminados, aburridos, machistas y contrarios a la moral que exigen las circunstancias actuales blablabla. También me imputan brujería, traición, cohecho y conocimiento de los secretos sagrados que nadie nunca jamás debe oír, so pena de diversas cosas malas. La jueza hace clonc clonc clonc y clonc clonc clonc y orden orden. Y yo digo qué qué qué etcétera, porque no sé qué decir, y miro a mi alrededor asustado, todo cubierto de sudor frío, taquicárdico, y pienso
y ahora qué hago yo
y yo qué hago ahora
y qué hago yo ahora
qué y yo ahora hago...

Y de pronto me acuerdo de que soy el autor y todo cambia. Arbitrariamente, soy la jueza y la fiscal, aunque en realidad soy un hombre, pero soy jueza y soy “la” fiscal para que luego no digan. Y condeno al acusado, a los acusados, a las acusadas, por haber malentendido y por haber armado un escándalo sin venir a qué. Me baso en una ley que he aprobado yo mismo, pues soy el primer ministro y la mayoría parlamentaria. Todo esto, siendo escrupulosamente democrático, pues también soy la inmensa mayoría de la población. Y claro, me voto siempre, excepto cuando soy aquel despistado que se equivoca de papeleta.
Mis rivales políticos, desesperados, frenéticos, se mesan los cabellos, hacen rechinar los dientes y murmuran: quién se habrá creído éste, ¿eh? Se ha imaginado que es Dios.

Y la verdad es que no se me había ocurrido, pero sí, ahora que lo dicen, por qué no, soy Dios. Esto debe ser un deus ex machina de esos... ¡Ja! ¡Que lo hubieran pensado antes de hablar! Soy Dios y – como los dioses, normalmente, moramos en las alturas – me elevo. Vuelo y huyo de una muchedumbre furiosa que se ha puesto su gorra de linchar... y del tedio. Hago una pasada rasante para sacar la lengua a la turba tumultuosa y subo, subo, subo... y he escapado del tedio...
Me instalo en el cielo. Que acabe ya esto. Que nadie me moleste. Que no, que no bajo...

La esperanza es la salvación de los cobardes
que apoyados en el tiempo, van perdiendo amaneceres.

Diálogo 2

- Eres muy alta y delgada.
- Más ó menos.
- ¿Siempre te pones en esta esquina?
- Si, siempre.
- No eres muy joven.
- Cierto, ya llevo muchos años ejerciciendo esta profesión.
- ¿ Te gusta ser alguien de uso público ?
- Sólo se hacer esto.
- ¿No estás cansada de esta vida que llevas?
- A veces.
- ¿Qué es lo que buscas?
- Llevar un poco de luz a la tristeza de la noche.
- ¿ De los hombres ?.
- Si, iluminarles un poco su camino.
- Aqui hace frío.
- Apenas lo siento.
- ¿No estás cansada de estar tanto tiempo de pie, esperando?
- Un poco. Pero ya estoy acostumbrada.
- Se está bien a tu lado. Me gustaría llevarte conmigo.
- Ya sabes que soy de uso público. Tú mismo.
- No puedo engañarme, no valgo para ello.
- ¿ Nunca has engañado a ... ?
- No. Tan sólo con el pensamiento.
- Me gustaría encontrar a un hombre como tú.
- No valgo tanto, no creas. Ahora me tengo que ir.
- Adios.
- No sabía que las farolas hablaran.
- Las de Comella firmet si.
- Si te alcanzara te vendrias conmigo.

Diálogo 1

- Un elefante se balanceaba
- ¿Dónde, dónde? , ¿en la casa el conde?
- En la tela de una araña.
- Amos, no te lo crees ni tú.
- Como veía que no se caía
- Eso es mentira
- Fué a llamar a otro elefante.
-¿Como le avisó? ¿se bajó de la tela ó le llamó por el móvil?
- Dos elefantes se balanceaban
- Si hombre, y ¿Qué más?
- En la tela de una araña.
- Sería la de Spiderman
- Como veían que no se caían.
- Y un huevo.
- Fueron a llamar a otro elefante
- ¿Qué? ¿Qué fueron los dos juntitos, agarrados de la trompa?
- Tres elefantes se balanceaban
- Ya me estoy mosqueando
- En la tela de una araña
- ¿Y la araña tan tranquila, no ?
- Como veían que no se caían
- Ya me estoy hartando de tanto elefante
- Fueron a llamar a otro elefante
- Claro, sería de peluche
- Cuatro elefante se balanceaban
- Esperar, esperar, que voy a por unas tijeras
- En la tela de una araña
- Bueno ... esto ya no lo aguanto,
- Como veían que no se caían.
- jajajajaja
- Fueron a llamar a otro elefante
- Espero al quinto, para que la caida sea más espectacular
- Cinco elefantes se balanceaban
- Por el culo te la hinco
- En la tela de una araña.
- Clis, Clas, Clis, Clas. Son una maravilla estas tijeras.
- AHHHAAAAAAAAAAAAAAaaaaaaaaa.
- Vaya caida más tonta y desde tan alto. ¿Alguién quiere estofado de elefante?